Escritura Creativa, Viajes, Vida

Relato no autoficcionado de unas vacaciones lluviosas

Resulta que vivís en una ciudad playera y te vas de vacaciones a otra que crees que va a ser mejor. Pero te recibe con una lluvia fina incesante, una desolación de domingo que caes en la cuenta es universal y el departamento que alquilaste por Airbnb parece una pecera, tiene de respiradero una minúscula ventana en el sector cocina y todo el día da la sensación de ser las 7 pm.

Te conectas a Instagram y tus amigas que se quedaron en Mar del Plata están en bikini y hay un sol pleno de fin de semana XL preanunciando la temporada de verano. “¡Pero estás en Río de Janeiro!” te dice con voz de nadatevienebien tu compañero de vida. SÍ, GRACIAS UNIVERSO decís. Pero la idea era tomar sol y despedirse del color a pared de hospicio que pinta uniformemente todo tu cuerpo, comprarte un coco y sacarte la típica foto con el morro de fondo y la favela más grande de América Latina tapizando una de sus laderas. Pero el morro CON SOL, no con una nube partiéndolo por la mitad.

Le pones onda igual: dormís, descansas, lees, escribís, volvés a dormir. Decís “ya fue, mañana me voy de shopping”, aunque no esperabas que al otro día sea el día del comerciante y este todo cerrado. Doblete de domingo te comes y encima llueve más. Ese día te aburrís un poco. No está mal, te podes aburrir en vacaciones. Te podes sentir raro, descolocado o no saber qué hacer en vacaciones ¿porque no? Te sube un poco el ánimo ir al supermercado y ver a una mujer comprando con un ave blanca al hombro, cual pirata hembra del siglo XXI  y te decís a vos misma contenta “ves, por estas cosas tan peculiares vale la pena viajar”. Mientras que afuera sigue lloviendo y tus amigos marplatenses siguen en la playa incendiándose al sol.

Enganchas unas horas de sol mañanero al otro día, estrenas el protector Hawaian Tropic de coco (YAY!) y después de una caminata costera advertís un esbozo de marca de la bikini (es ínfimo pero te pones feliz igual). Pero como el sol no quiere salir demasiado, tu actividad favorita pasa a ser comer, comer, comer y tomar. “Lo que no me gasto en vendedores ambulantes playeros me lo gasto en morfi y chupi, ya fue” pensas, aunque igual te compraste dos trajes de baño un día que fuiste a la playa porque había una “resolanita”, citando a un mendocino optimista sentado dos metros arena de por medio a vos.

Fiel a tu conducta culinaria de los últimos días, pasas la noche previa de tu cumpleaños número 30 cenando frituras y alcohol en el barrio carioca de más joda, según te habían recomendado. No llegas ni a bailar una zamba, ni a la 12 de la noche porque te tomas una cerveza Bohemia y una caipiriña y estás tan mareada que reafirmas lo floja que sos en cuestiones de borrachera y te acordas de cuando tu mamá se durmió en el sillón del living de tu casa una Navidad después de tomarse tan solo una copa de cidra; y pensas que quizás seas un metabolizador lento del alcohol igual que tu progenitora o tal vez seas un absorbedor rápido, vaya uno a saber.

Pero aún no todo está perdido. Te vas a una isla y el Universo o Dios te regala un increíble día en una playa brasilera símil caribe llamada López Méndez. Por supuesto, te haces la antimillenial y no llevas ni el celular y te querés matar cuando vez ese paraíso y te das cuenta que no vas a tener la foto de cumpleaños de 30 en esa playa de arenas blancas y olas transparentes y morro y poca gente. Pero dejando la timidez que poco te caracteriza a un lado, le pedís a una pareja muy simpática que conociste en el taxi boat que te saque una foto y después te la mande por WhatsApp. Todavía estas esperando que te llegue, no sé si porque la pareja no era tan copada como parecía o porque le anotaste mal el número. Esto último lo más probable, dadas las condiciones marítimas desfavorables en las que intestaste tipearlo en celular ajeno.

En fin, un cumpleaños divino de verdad. Aunque no tengas la foto vos sí sabes que FUE REAL. Además te topaste con una ardillita silvestre y una raya asomando su aleta por la superficie y te tomaste un jugo de maracujá y abacaxí en un bar flotante. Sin mencionar que mientras caminabas a la punta de la playa más desolada, de la mano, con tu enamorado, en un plan perfectamente romántico, te cruzas EN EL MEDIO DE ESE DESIERTO, a dos colegas del hospital. Como si la vida te diera una cachetada y te dijera “te doy un poco de sol y aire caribeño sólo porque es tu cumpleaños, pero tu realidad es otra mujer”. Recibís el impacto.

Al otro día volvió a llover, por supuesto. Igual haces una caminata como de 2 horas en ojotas. Llegas a Playa Preta que le debe su nombre a sus arenas negras volcánicas, las cuales casi no llegas a ver porque la marea estaba alta. Al día siguiente te levantas y sentís como un cuchillo te atraviesa el empeine izquierdo al intentar apoyarlo. Y te decís a vos misma que “ya con 30 años no van más las caminatas en ojotas” así que para el trekking siguiente decidís ir en zapatillas. Caminas 1 hora en subida y otra hora en bajada para llegar al otro lado de la isla a un pueblo fantasma donde antes funcionaba una cárcel. No entendés como puede haber gente que aún viva allí. Construcciones gigantes devoradas por malones de naturaleza viva. Interesante paisaje, aunque tenebroso. Seguís caminando y llegas a una playa increíble, cuasi López Méndez pero con mar más violento. Sale el sol todo el día. Bien ahí, valió la pena. Volvés caminando dos horas más, y aunque sentís el cansancio y el empeine izquierdo que late, te quedás tranquila porque tenés el calzado adecuado. Al final del día, el cuchillo del empeine se transforma en sierra la cual tardará días en dejar de cerruchar. Pensas que “los años no vienen solos” es una frase bastante acertada.

Última jornada en la isla, te invitan a una choripaneada argenta en la playa y encima te prestan la tabla para hacer Paddle que siempre quisiste probar hacer y nunca te animaste o te daba fiaca alquilar. Lo haces y ¡te sale! No te caes ¡Bravo! Y pensás que tampoco estás tan mal físicamente, aunque después miras las fotos que te sacaron y vez la hermosa y frondosa piel de naranja que tapiza tus nalgas y maldecís una y otra vez la profesión que elegiste y las 24 hs de guardia bisemanales sin horizontalizar. Y la genética que tampoco ayuda. Y te acordás que la noche previa, en el apagón de luz que duró como 2 hs, te quedaste charlando con una de las huéspedes de la Pousada donde te alojás y te contó que había estudiado 4 años medicina para después abandonar y anotarse en Bellas Artes y por eso estaba ahora en Brasil de intercambio, becada por la Universidad, y que lo suyo era el grabado y la fotografía artística. Y viste en ella la posibilidad de largar la medicina por los aires y dedicarte a escribir y a explorar otros aspectos creativos de tu ser. Pero en el fondo sos tan nerda y sabes que te gusta tu profesión y seguirás conviviendo con ella, al menos por un tiempo.

Como corolario final, tu vuelo sale para Buenos Aires en el día más cielo celeste y soleado de tus vacaciones. Te imaginas a Copacabana beach haciéndote lero lero candelero mientras te pone de patitas en el aeropuerto. Llegas a Mar del Plata, por supuesto que hace un frío interesante y hasta llovizna, pero ya no te sorprende, ni te enoja. Hasta pareces encontrarle la gracia, el encanto. Haces catarsis de todo con una amiga a la distancia, y ella te cita a otra amiga tuya que dice que “si hay sol brillamos y si hay lluvia nos limpiamos”. Entonces pensas que evidentemente venís escapándole a la ducha hace tiempo, porque desde Dublin que la lluvia te persigue. O quizás desde mucho antes.